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La importancia de lograr la igualdad de género en el sector rural

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Autor: Claudia Derbez Fernández

País: México 

La igualdad de género en el medio rural es un tema pendiente en el que es fundamental avanzar. La agricultura sigue siendo la principal fuente de empleo rural y las mujeres representan al menos el 50% de la fuerza laboral agrícola en los países en desarrollo, así como aproximadamente la mitad de los 600 millones de administradores de ganado en pequeña escala en todo el mundo y aproximadamente el 50% de la fuerza de trabajo en pequeña escala. pesquerías (FAO, 2020). 

Sin embargo, la diferencia entre hombres y mujeres sigue repercutiendo en la libertad de capacidades, autonomía y toma de decisiones de las mujeres. Los estereotipos de género, a través de los cuales las diferencias biológicas se convierten en desigualdades estructurales, continúan siendo un obstáculo para todas las mujeres y, en mayor medida, para las mujeres rurales, ya que este es un sector donde prevalecen más esas desigualdades de género. 

En las zonas rurales de México, las mujeres dedican hasta 33 horas a la semana al trabajo doméstico no remunerado (trabajo de cuidados) y hombres sólo seis: una diferencia de 27 horas semanales. Esto es mucho mayor que en las zonas urbanas, donde es de 19.2 horas semanales. Esto socava las opciones y libertades de las mujeres, tanto para disponer de tiempo para el trabajo remunerado y por tanto su autonomía económica, como para desarrollarse personalmente en otros aspectos, de acuerdo con sus competencias e intereses.

Las mujeres rurales tienen ingresos más bajos, menos propiedad de la tierra, menos poder de decisión sobre sus activos y menos acceso a la seguridad social y los servicios de salud que los hombres.. En promedio, las mujeres rurales mayores de 15 años han estudiado solo 6.6 años, 2.4 años menos que a nivel nacional, lo que reduce sus oportunidades laborales. En 2015, solo el 13% de las mujeres rurales tenían acceso a los servicios de salud y dos de cada tres muertes maternas por falta de atención médica ocurrieron en localidades rurales, lo que afectó su calidad y esperanza de vida. Solo tres de cada diez mujeres que trabajan en el sector agrícola reciben un salario por su trabajo, aspecto que revela desigualdades estructurales de género, alta informalidad laboral y un mayor riesgo de exposición a accidentes laborales.

En México, la mitad del territorio nacional es propiedad social, en forma de ejidos (tierras comunales) o comunidades, y poco menos de un tercio de las personas que tienen algún tipo de derechos agrarios reconocidos son mujeres (ejidatarias, comuneras, posesionarias or avecindadas), lo que equivale a 1.4 millones de mujeres; de estos, el 48.48% son mayores de 50 años. Asimismo, solo el 21% de los órganos de representación están integrados por mujeres. Si las mujeres tienen el mismo acceso que los hombres a los recursos productivos, pueden aumentar significativamente la productividad de su tierra, lo que, a su vez, podría reducir el hambre en el mundo (FAO, 2019).

Las trabajadoras agrícolas, que no poseen ni alquilan la tierra en la que trabajan, se enfrentan al mayor nivel de marginación. Hay entre 300 000 y 500 000 trabajadoras agrícolas en México (INEGI, 2016), y debido al ciclo productivo estacional, muchas de estas jornaleras migran desde el sur del país hacia el norte del país para llegar a los centros agrícolas, donde trabajan un máximo de seis meses al año. La estacionalidad del trabajo y el estatus migratorio reduce sus redes de apoyo y los expone a más riesgos y situaciones de vulnerabilidad. De la población trabajadora agrícola en México, el 40% son indígenas, el 90% trabaja en la informalidad laboral vulnerable y solo el 3% tiene contrato escrito (INEGI, 2016), lo que representa un desafío en materia de formalización laboral y una oportunidad para extender la protección social.

Reducir -y eventualmente eliminar- las desigualdades de género en el sector rural contribuirá a mejorar el nivel de vida de la población rural. Al mismo tiempo, al aumentar el nivel de escolaridad de las mujeres y su acceso a servicios financieros y capacitación laboral, se potenciará el empleo rural, lo que mejorará la resiliencia de las trabajadoras y sus familias, ya que se ha demostrado que el empleo rural no agrícola contribuye a lograr el Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La promoción del desarrollo rural y la mejora de la calidad de vida de sus habitantes solo se puede lograr si se incluye activamente a las mujeres en este proceso.

claudia derbez fernandez es Consultora de Género y Protección Social en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Tiene experiencia trabajando con mujeres rurales en diferentes regiones del país a través de la investigación social, la sociedad civil organizada y el gobierno federal. Es internacionalista de la Universidad Iberoamericana y tiene una maestría en Desigualdades y Ciencias Sociales de la London School of Economics.


* No existe una estimación única del número de trabajadores agrícolas en México, dada su alta movilidad, la falta de registros oficiales, y las estimaciones existentes no están desagregadas por género ni por grupos indígenas o afrodescendientes.

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